viernes, 7 de octubre de 2016

EL PROTAGONISTA


                             Néstor Oscar Güentelican Gasparini es Carlos Zalazar, el Jinete

BIOGRAFÍA DEL PERSONAJE
Carlos nace en Corrientes, en el campo, desde chico aprende el oficio de peón y andar a caballo. Su adolescencia transcurre trabajando en estancias, teniendo que trasladarse por distintos pueblos para poder ganarse la vida. Conoce una chica, Sara, con la que tiene un hijo. A los 27 años le llega la noticia de que están tomando peones para irse a trabajar a una estancia del sur, toma la decisión de dejar su familia para trasladarse hacia Ushuaia donde la paga es mayor y así poder darles un mejor pasar. Llega a Ushuaia y se instala en una estancia fueguina donde tiene que hacer tareas de campo. El tiempo pasa, Carlos extraña a su familia y el clima del lugar donde nació que es totalmente diferente al de la estancia sureña. Su desarraigo se hace cada vez más evidente, renegando del bosque y sumiéndose en un estado de incipiente abandono y resignación a la rutina.

PROPUESTA ESTÉTICA

La propuesta estética que presentamos tiene como propósito mostrar la transformación del personaje de Carlos, la rutina de su vida cotidiana, pero desde la nostalgia que le provoca estar lejos de su tierra natal y sus seres queridos, hasta el momento de la caída, para luego pasar a la transformación estética en el exterior y a su vez, al interior del personaje, una vez que se vuelve vegetación.

La paleta elegida será en tonos naturales, un tanto fríos con una leve desaturación, para reforzar la idea de la nostalgia, la tristeza, el desarraigo y la resignación de la rutina. Esto continuará luego de la caída para ir tornándose un poco más cálida al ser enredado por la vegetación, para ir tomando los colores naturales y levemente más cálidos, con algo más de saturación hacia el desenlace, casi en el último plano.

La iluminación va a ser natural, en principio en las primeras escenas en el interior de la cabaña, jugando con los claroscuros y el contraluz de la luz natural que entra por las ventanas. En las escenas en exterior también se aprovechará la luz natural prevista para los diferentes momentos del día. Solo la escena de noche tendrá una luz cenital levemente difusa con filtros para restarle dureza y semejar la iluminación de la luna en el rostro del protagonista acompañado el gesto de desesperación.

Es una decisión estética que tanto desde el arte y el sonido todo esté construido con una impronta natural. El maquillaje será con barro, plantas, musgos, cortezas, “barba de viejo”, etc. Y se utilizarán algunos elementos artificiales como pelo y uñas postizas. Desde el sonido, la musicalización se trabajará en postproducción, será instrumental y diseñada con sonidos naturales. Todos los sonidos del entorno, los ambientes, los producidos por el caballo, en la cabaña, etc. serán grabados y algunos recreados a través de Foley. Se agregarán filtros y reverb para el estado de la escucha del personaje y los sonidos internos como la entrada de la savia, latidos, etc.

Se va a filmar con una Cámara Réflex Canon 6EOS con un lente zoom de 24 a 105 mm. Desde la óptica se utilizarán algunos encuadres en planos secuencias con cámara cenital en grandes planos generales para mostrar situación y entorno, pero predominarán a lo largo del corto, planos sucesivos de corta duración, planos detalles de manos y rostros del personaje, del caballo, de la transformación, y mucha utilización de cámara subjetiva para mostrar lo que ve y cómo ve el personaje. Utilización de menor profundidad de campo para los planos detalles, sobre todo cuando se realcen las texturas naturales de plantas y cortezas. Para los planos generales mayor profundidad para mostrar el entorno y el paisaje. El posicionamiento de cámara dependerá de las escenas y será detallado en el guión técnico.

Desde el vestuario, Carlos al despertarse, en la introducción, estará vestido con camiseta mangas largas, calzoncillos largos gastados simulando mucho uso y algo descuidado al igual que la ropa de trabajo de campo. Cuando sale al campo a realizar sus tareas calzará botas de goma largas, su ropa de trabajo y boina, y el aspecto será algo descuidado. Luego se deberá simular su ropa rasgada por la vegetación y por ella saldrán ramas y raíces.

jueves, 29 de septiembre de 2016

PRUEBA DE MAQUILLAJE

Se reunió el equipo para pruebas de maquillaje y se tomó la decisión de realizar la transformación del personaje a través de elementos naturales. Pintar las partes visibles del cuerpo con barro y luego ir adhiriendo diferentes tipos de vegetación, raíces, musgo y cortezas. Realizamos algunas pruebas de iluminación en planos detalles de rostro y manos. Esta decisión es para reforzar el realismo y la verosimilitud de la historia.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

ESCALETA


ESC 1 - INT - DÍA - CABAÑA CARLOS

Carlos se levanta de la cama, pone leña en la salamandra, prepara mate mientras mira meláncolico una foto familiar.

ESC 2 – EXT – DÍA - CABAÑA CARLOS
Carlos, resignado, sube al caballo y se dirige al bosque.

ESC 3 – EXT – DÍA - BOSQUE
El caballo se asusta repentinamente, Carlos cae y se da un duro golpe en la nuca. Carlos está tirado en el piso y descubre que no puede moverse.

ESC 4 – EXT- NOCHE - BOSQUE
El caballo se va y Carlos, tirado en el suelo sin poder moverse, se desespera.

ESC 5 – EXT – DÍA - BOSQUE
El cuerpo de Carlos empieza a fundirse con la tierra y la vegetación del bosque. Carlos comienza a sentir placer de las nuevas sensaciones que experimenta a cada momento. Sus sentidos se agudizan cada vez más. Disfruta de todas las sensaciones que experimenta en su nuevo estado.

ESC 6 – EXT – DÍA - BOSQUE
Carlos sonríe y queda completamente fundido con la vegetación del bosque.

viernes, 9 de septiembre de 2016

PRIMER SCOUTING DE LOCACIONES

Primer Scouting realizado el domingo 04 de septiembre en inmediaciones del Río Olivia.









SINOPSIS

SINOPSIS:

En Ushuaia, Carlos Zalazar, un peón correntino que trabaja en una estancia fueguina, se dirige a juntar el ganado de ovejas que dejó pastando en el campo. Atraviesa el bosque en un  lugar complicado, su caballo se asusta repentinamente, Carlos pierde el equilibrio, cae, se da un duro golpe en la nuca y queda inconsciente.
Despierta sin poder mover sus extremidades, la desesperación se apodera de él al darse cuenta que ha caído en un lugar poco transitado y que difícilmente lo encuentren. Anochece, su caballo lo abandona y queda preso de la desesperación y el miedo. Pasan los días y Carlos siente como su cuerpo inmóvil de a poco se funde con la tierra, el musgo y la vegetación del lugar. Siente comodidad en su nuevo estado y sus sentidos comienzan a agudizarse, disfruta de los sonidos, los aromas y la imagen que el bosque le devuelve.

En el hospital, dos médicos charlan entre sí a los pies de la cama de Carlos. Su cuerpo está completamente inmóvil en estado vegetativo. Lo desconectan de la asistencia mecánica que lo mantiene con vida luego de la caída. Carlos sonríe y su cuerpo se queda para siempre fundido en el bosque fueguino.

STORYLINE

STORYLINE:
En Ushuaia, Carlos Zalazar, peón de una estancia fueguina sale a realizar tareas al bosque, sufre un accidente a caballo que lo deja cuadrapléjico y abandonado en el bosque hasta que su cuerpo inmóvil comienza a fundirse con la naturaleza del lugar. A pesar de los esfuerzos externos por sacarlo de ese estado, finalmente su cuerpo es desconectado de la asistencia mecánica por médicos de un hospital, quedando para siempre fundido con el bosque fueguino. 

Sobre una adaptación del Cuento SER POLVO de Santiago Dabove

¡Inexorable severidad de las circunstancias! Los médicos que me atendían tuvieron que darme, a mis pedidos insistentes a mis ruegos desesperados, varias inyecciones de morfina y otras sustancias para poner como un guante suave a la garra con que habitualmente me torturaba la implacable enfermedad: una atroz neuralgia del trigémino.
Yo, por mi parte, tomaba más venenos que Mitrídates. El caso era poner una sordina a esa especie de pila voltaica o bobina que atormentaba mi trigémino con su corriente de viva pulsación dolorosa. Pero nunca se diga: he agotado el padecimiento, este dolor no puede ser superado. Pues siempre habrá más sufrimiento, más dolor, más lágrimas que tragar. Y no se vea en las quejas y expresión de amargura presentes otra cosa que una de las variaciones sobre este texto único de terrible dureza: “¡no hay esperanza para el corazón del hombre!”
Me despedí de los médicos y llevaba la jeringa para inyecciones hipodérmicas, las píldoras de opio y todo el arsenal de mi farmacopea habitual. Monté a caballo, como solía hacerlo, para atravesar esos cuarenta kilómetros que separaban los pueblos que con frecuencia recorría.

Frente mismo a ese cementerio abandonado y polvoriento que me sugería la idea de una muerte doble, la que había albergado y la de él mismo, que se caía y se transformaba en ruinas, ladrillo por ladrillo, terrón por terrón, me ocurrió la desgracia. Frente mismo a esa ruina me tocó la fatalidad lo mismo que a Jacob el ángel que en las tinieblas le tocó el muslo y lo derrengó, no pudiendo vencerlo. La hemiplejía, la parálisis que hacía tiempo me amenazaba, me derribó del caballo. Luego que caí, éste se puso a pastar un tiempo, y al poco rato se alejó. Quedaba yo abandonado en esa ruta solitaria donde no pasaba un ser humano en muchos días, a veces. Sin maldecir mi destino, porque se había gastado la maldición en mi boca y nada representaba ya. Porque esa maldición había sido en mí como la expresión de gratitud que da a la vida un ser constantemente agradecido por la prodigalidad con que lo mima una existencia abundante en dones.

Como el suelo en que caí, a un lado del camino, era duro, y podía permanecer mucho tiempo allí, y poco me podía mover, me dediqué a cavar pacientemente con mi cortaplumas la tierra alrededor de mi cuerpo. La tarea resultó más bien fácil porque, bajo la superficie dura, la tierra era esponjosa. Poco a poco me fui enterrando en una especie de fosa que resultó un lecho tolerable y casi abrigado por la caliente humedad. La tarde huía. Mi esperanza y mi caballo desaparecieron en el horizonte. Vino la noche, oscura y cerrada. Yo la esperaba así, horrorosa y pegajosa de negrura, con desesperanza de mundos, de luna y estrellas. En esas primeras noches negras pudo el espanto contra mí. Leguas de espanto, desesperación, recuerdos! No, no, ¡idos, recuerdos! No he de llorar por mí, ni por... Una fina y persistente llovizna lloró por mí. Al amanecer del otro día tenía bien pegado mi cuerpo a la tierra. Me dediqué a tragar, con entusiasmo y regularidad "ejemplares", píldora tras píldora de opio y eso debe de haber determinado el "sueño" que precedió a “mi muerte”. Era un extraño sueño-vela y una muerte-vida. El cuerpo tenía una pesadez mayor que la del plomo, a ratos, porque en otros no lo sentía en absoluto, exceptuando la cabeza, que conservaba su sensibilidad.

Muchos días, me parece, pasé en esa situación y las píldoras negras seguían entrando por mi boca y sin ser tragadas descendían por declive, asentándose abajo para transformar todo en negrura y en tierra. La cabeza sentía y sabía que pertenecía a un cuerpo terroso, habitado por lombrices y escarabajos y traspasado de galerías frecuentadas por hormigas. El cuerpo experimentaba cierto calor y cierto gusto en ser de barro y de ahuecarse cada vez más. Así era, y, cosa extraordinaria, los mismos brazos que al principio conservaban cierta autonomía de movimiento, cayeron también a la horizontal. Tan sólo parecía quedar la cabeza indemne y nutrida por el barro como una planta. Pero como ninguna condición tiene reposo, debió defenderse a dentelladas de los pájaros de presa que querían comerle los ojos y la carne de la cara. Por el hormigueo que siento adentro, creo que debo de tener un nido de hormigas cerca del corazón. Me alegra, pero me impele a andar y no se puede ser barro y andar. Todo tiene que venir a mí; no saldré al encuentro de ningún amanecer ni atardecer, de ninguna sensación. Cosa curiosa: el cuerpo está atacado por las fuerzas roedoras de la vida y es un amasijo donde ningún anatomista distinguiría más que barro, galerías y trabajos prolijos de insectos que instalan su casa y, sin embargo, el cerebro conserva su inteligencia. Me daba cuenta de que mi cabeza recibía el alimento poderoso de la tierra, pero en una forma directa, idéntica a la de los vegetales. La savia subía y bajaba lenta, en vez de la sangre que maneja nerviosamente el corazón. Pero ahora ¿qué pasa? Las cosas cambian. Mi cabeza estaba casi contenta con llegar a ser como un bulbo, una papa, un tubérculo, y ahora está llena de temor. Teme que alguno de esos paleontólogos que se pasan la vida husmeando la muerte, la descubra. O que esos historiadores políticos que son los otros empresarios de pompas fúnebres que acuden después de la inhumación, echen de ver la vegetalización de mi cabeza. Pero, por suerte, no me vieron. ...¡Qué tristeza! Ser casi como la tierra y tener todavía esperanzas de andar, de amar.

Si me quiero mover me encuentro como pegado, como solidarizado con la tierra. Me estoy difundiendo, voy a ser pronto un difunto. ¡Qué extraña planta es mi cabeza! Difícil será que dure su singularidad incógnita. Todo lo descubren los hombres, hasta una moneda de dos centavos embarrada. Maquinalmente se inclinaba mi cabeza hacia el reloj de bolsillo que había puesto a mi lado cuando caí. La tapa que cerraba la máquina estaba abierta y una hilera de hormigas pequeñas entraba y salía. Hubiera querido limpiarlo y guardarlo, pero ¿en qué harapo de mi traje, si todo lo mío era casi tierra? Sentía que mi transición a vegetal no progresaba mucho porque un gran deseo de fumar me torturaba. Ideas absurdas me cruzaban la mente ¡Deseaba ser planta de tabaco para no tener la necesidad de fumar! ...El imperioso deseo de moverme iba cediendo al de estar firme y nutrido por una tierra rica y protectora...Por momentos me entretengo y miro con interés pasar las nubes.¿Cuántas formas piensan adoptar antes de no ser ya más, máscaras de vapor de agua? ¿Las agotarán todas? Las nubes divierten al que no puede hacer otra cosa que mirar el cielo, pero, cuando repiten hasta el cansancio su intento de semejar formas animales, sin mayor éxito, me siento tan decepcionado que podría mirar impávido una reja de arado venir en derechura a mi cabeza....Voy a ser vegetal y no lo siento, porque los vegetales han descubierto eso de su vida estática y egoísta. Su modo de cumplimiento y realización amorosos, por medio de telegramas de polen, no puede satisfacernos como nuestro amor carnal y apretado. Pero es cuestión de probar y veremos cómo son sus voluptuosidades.
...Pero no es fácil conformarse y borraríamos lo que está escrito en el libro del destino si ya no nos estuviera acaeciendo....De qué manera odio ahora eso del "árbol genealógico de las familias"; me recuerda demasiado mi trágica condición de regresión a un vegetal. No hago cuestión de dignidad ni de prerrogativas; la condición de vegetal es tan honrosa como la de animal, pero, para ser lógicos, ¿por qué no representaban las ascendencias humanas con la cornamenta de un ciervo? Estaría más de acuerdo con la realidad y la animalidad de la cuestión....Solo en aquel desierto, pasaban los días lentamente sobre mi pena y aburrimiento. Calculaba el tiempo que llevaba de entierro por el largo de mi barba. La notaba algo hinchada y, su naturaleza córnea igual a la de la uña y epidermis, se esponjaba como en algunas fibras vegetales. Me consolaba pensando que hay árboles expresivos tanto como un animal o un ser humano.

 Yo recuerdo haber visto un álamo, cuerda tendida del cielo a la tierra. Era un árbol con hojas abundantes y ramas cortas, muy alto, más lindo que un palo de navío adornado. El viento, según su intensidad, sacaba del follaje una expresión cambiante, un murmullo, un rumor, casi un sonido, como un arco de violín que hace vibrar las cuerdas con velocidad e intensidad graduadas....Oí los pasos de un hombre, planta de caminador quizá, o que por no tenercon qué pagar el pasaje en distancias largas, se ha puesto algo así como un émbolo en las piernas y una presión de vapor de agua en el pecho. Se detuvo como si hubiera frenado de golpe frente a mi cara barbuda. Se asustó al pronto y empezó a huir; luego, venciéndolo la curiosidad, volvió y, pensando quizá en un crimen, intentó desenterrarme escarbando con una navaja. Yo no sabía cómo hacer para hablarle, porque mi voz ya era un semisilencio por la casi carencia de pulmones. Como en secreto, le decía: ¡Déjeme, déjeme! Si me saca de la tierra, como hombre ya no tengo nada de efectivo, y me mata como vegetal. Si quiere cuidar la vida y no ser meramente policía, no mate este modo de existir que también tiene algo de grato, inocente y deseable. No oía el hombre, sin duda acostumbrado a las grandes voces del campo, y pretendió seguir escarbando. Entonces le escupí en la cara. Se ofendió y me golpeó con el revés de la mano. Su simplicidad de campesino, de rápidas reacciones, se imponía sin duda a toda inclinación de investigación o pesquisa. Pero a mí me pareció que una oleada de sangre subía a mi cabeza, y mis ojos coléricos desafiaban como los de un esgrimista enterrado, junto con espadas, pedana y punta hábil que busca herir. La expresión de buena persona desolada y servicial que puso el hombre, me advirtió que no era de esa raza caballeresca y duelista. Pareció que quería retirarse sin ahondar más en el misterio... y se fue en efecto, torciendo el pescuezo largo rato para seguir mirando... Pero en todo esto había algo que llegó a estremecerme, algo referente a mí mismo. Como es común a muchos cuando se encolerizan, me subió el rubor a la cara. Habréis observado que sin espejo no podemos ver de esta última más que un costado de la nariz y una muy pequeña parte de la mejilla y labio correspondiente, todo esto muy borroso y cerrando un ojo. Yo, que había cerrado el izquierdo como para un duelo a pistola, pude entrever en los planos confusos por demasiada proximidad, del lado derecho, en esa mejilla que en otro tiempo había fatigado tanto el dolor, pude entrever, ¡ah!... la ascensión de un "rubor verde". ¿Sería la savia o la sangre? Si era esta última: ¿la clorofila de las células periféricas le prestaría un ilusorio aspecto verdoso?... No sé, pero me parece que cada día soy menos hombre....Frente a ese antiguo cementerio me iba transformando en una tuna solitaria en la que probarían sus cortaplumas los muchachos ociosos. Yo, con esas manazas enguantadas y carnosas que tienen las tunas, les palmearía las espaldas sudorosas y les tomaría con fruición “su olor humano”. ¿Su olor?, para entonces, ¿con qué?, si ya se me va aminorando en progresión geométrica la agudeza de todos los sentidos. Así como el ruido tan variado y agudo de los goznes de las puertas no llegará nunca a ser música, mi tumultuosidad de animal, estridencia en la creación, no se avenía con la actividad callada y serena de los vegetales, con su serio reposo. Y lo único que comprendía es precisamente lo que estos últimos no saben: que son elementos del paisaje. Su tranquilidad e inocencia, su posible éxtasis, quizá equivalen a la intuición de belleza que ofrece al hombre la "escena" de su conjunto. ...Por mucho que se valore la actividad, el cambio, la traslación humanos, en la mayoría de los casos el hombre se mueve, anda, va y viene en un calabozo filiforme, prolongado. El que tiene por horizonte las cuatro paredes bien sabidas y palpadas no difiere mucho del que recorre las mismas rutas a diario para cumplir tareas siempre iguales, en circunstancias no muy diferentes. Todo este fatigarse no vale lo que el beso mutuo, y ni siquiera pactado, entre el vegetal y el sol.

...Pero todo esto no es más que sofisma. Cada vez muero más como hombre y esa muerte me cubre de espinas y capas clorofiladas....Y ahora, frente al cementerio polvoriento, frente a la ruina anónima, la tuna "a que pertenezco" se disgrega cortado su tronco por un hachazo. ¡Venga el polvo igualitario! ¿Neutro? No sé, pero, ¡tendría que tener ganas el fermento que se ponga de nuevo a laborar con materia o cosa como "la mía", tan trabajada e decepciones y derrumbamientos!

Santiago Dabove: La muerte y su traje (1961).

SER VEGETAL

Guión y Dirección: Iris Moral
Producción: Isabel López
Dirección de Arte: Melisa Murphy
Fotografía: Mario Mansilla
Sonido: Melina Gandini
Montaje: Mario Mansilla